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Comenzamos la campaña de este año recordando a quien inició este movimiento tan pecualiar, Faustino Vilabrille, que nos dejó después de haber llevado una vida plena y de total seguimiento del Evangelio.

Sembrar Continuidad, Cosechar Esperanza
En este nuevo ciclo de 2027, nuestra misión se reafirma en una verdad fundamental: la fe no es un acto momentáneo, sino un caminar constante. Al mirar hacia adelante, nos proponemos no solo sembrar nuevas semillas, sino también nutrir y fortalecer aquellas raíces que ya han dado frutos de esperanza. Entendemos que el impacto positivo en la vida de las personas requiere tiempo; por ello, seguiremos acompañando con fidelidad a los proyectos que ya han demostrado ser refugios sólidos para quienes más lo necesitan.
Contexto
Vivimos en un tiempo de ruidos ensordecedores: conflictos globales, desastres naturales y crisis visibles, emergencias que captan la mirada del mundo. Sin embargo, nuestra mirada debe ir más allá de lo que es "noticia". Hay una agonía silenciosa, que no siempre llega a los titulares, porque no son emergencias, pero que son devastadoras en su duración. Son situaciones de pobreza crónica, falta de recursos básicos y aislamiento que no abren los informativos, pero que día a día apagan la vida de los más vulnerables —especialmente de los niños y de los ancianos— y roban la esperanza de los adultos y les impiden construir un futuro digno para sus familias.
Nuestra propuesta
Nuestra misión no es responder a la emergencia del momento, no tenemos capacidad física ni económica para hacerlo, sino construir lugares para la esperanza. Por ello, en este año, reafirmamos nuestro compromiso con las comunidades que ya caminan con nosotros y abriremos nuevos espacios de acogida para quienes, en medio del ruido del mundo, buscan una mano que les ayude a reconstruir su mañana.
En 2027, nuestra acción intentará ser un testimonio del Reino: una presencia constante que restaura la dignidad allí donde el mundo ha decidido mirar hacia otro lado.
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Laureano, que era el cura de San Melchor de El Cerillero allá por los años ochenta del siglo pasado, me encargó la catequesis para el siguiente curso. Recuerdo que me invitó a elegir entre varios catecismos que tenía sobre la mesa; todos eran muy bonitos, coloridos y llamativos, excepto uno. Aquel último no era más que un fajo de fotocopias escritas a máquina, solo en blanco y negro.
Tras ojear los catecismos visualmente más atractivos, dejé para el final el menos vistoso. Sin embargo, en cuanto empecé a leer su contenido y a comprender su metodología, lo tuve claro: descarté todos los demás por aquel documento sencillo, que era, sin duda, el que guardaba la mejor pedagogía y el mensaje más profundo. Cuando le pregunté a Laureano de dónde había salido, me respondió con sencillez: "Es de Faustino".
Así comenzó mi historia con él. Sin apenas tener relación directa en aquel momento, Faustino empezó a marcar mi vida. Con los años, he escuchado hablar a muchas personas con una capacidad enorme para comunicar, capaces de convencer incluso a los más escépticos, pero que, al cabo del tiempo, caían en contradicciones porque sus vidas no se correspondían con sus palabras. Faustino no era de esos.
Cuando el tiempo me dio la oportunidad de conocerlo en persona, pude constatar su compromiso inquebrantable con los más desfavorecidos. Supe de su impulso a la cooperativa en Trevías y de su determinación para viajar a Guatemala, decidido a conocer de primera mano la realidad de las comunidades indígenas en Alta Verapaz. Ni siquiera el calvario físico que sufrió tras visitar una plantación de café —donde el ataque de unos ácaros en la piel lo torturó hasta que el médico lo solucionó—, ni la persistente diarrea con la que regresó a España, lograron frenarlo. Volvió allí para poner en marcha un proyecto vital: llevar agua potable a las distintas aldeas indígenas que se habían organizado en cooperativa.
Pero a Faustino no debió de parecerle suficiente. En cuanto entró en contacto con una hermana Dominica de la Anunciata, su rumbo se dirigió a Ruanda. Allí se topó con el mismo problema de escasez de agua, y volvió a solucionarlo instalando depósitos que financió gracias a su incansable red de colaboradores.
Porque Faustino no convencía con discursos vacíos; convencía con hechos, con su vivencia personal y con un compromiso radical con el Evangelio.
Estoy seguro de que, en estos momentos, nuestro Señor lo tiene ya en su seno.
Faustino, gracias de corazón por tu ejemplo.
Luis López Fernández
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En la cultura rural de Ruanda, la música, el canto y el baile no son solo formas de entretenimiento, sino el tejido conectivo de la vida comunitaria.
Celebrar las buenas noticias (ya sea una cosecha exitosa, un nacimiento, una boda o la resolución de un conflicto) mediante el ritmo de las palmas y el canto es una práctica profundamente arraigada.
¿Cómo se manifiesta esta tradición?
En las zonas rurales, donde quizás no siempre hay instrumentos musicales a mano, el cuerpo se convierte en el instrumento principal. Las palmas no se usan solo para aplaudir al final de un acto, sino como base percusiva rítmica que guía a los cantantes y bailarines. Es común ver a un grupo de personas rodeando a los celebrantes, marcando un compás constante y complejo con las manos.
Las celebraciones suelen seguir un patrón de "llamada y respuesta". Un líder inicia un verso relatando la buena noticia o alabando las virtudes de los presentes, y la comunidad responde al unísono con un estribillo, siempre acompañado por el movimiento corporal.
¿Por qué es tan importante?
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Cohesión social: En Ruanda, la alegría no se vive de forma individual, sino colectiva. Si un vecino recibe una buena noticia, toda la colina (umusozi) lo celebra.
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Transmisión oral: Muchas de las canciones cuentan historias de la comunidad, manteniendo viva la historia local mientras se festeja el presente.
Esta introducción es para explicar el comportamiento de las personas que al recibir la buena noticia comenzaron a cantar y bailar dando las palmas de forma rítmica, tal como se puede ver en el vídeo.
Hace dos semanas, Jose Manuel nos llamó desde Ruanda. Estaba allí con Sor Clementine, viendo sobre el terreno lo bien que funcionaba nuestra ayuda. Él traía artesanía y necesitaba darle salida. Ahí apareció otro eslabón fundamental: Marcelino, párroco de La Milagrosa de Gijón, se volcó con tal entusiasmo que recaudamos 1.022,45€.
La cadena siguió sumando: Jose Manuel redondeó la cifra hasta los 1.200€, convirtiendo vuestro esfuerzo en 2.000.000 de francos ruandeses. Y en todo este proceso, la colaboración de Macu, Manolita y Esperanza, junto con Araceli ha sido otro apoyo constante.
Pero el eslabón más importante, el que cierra el círculo y permite que esas mujeres bailen hoy, sois vosotros. Habéis demostrado que cuando nos unimos, conseguimos objetivos que de forma individual serían imposibles. Formáis parte de esta cadena y sois la prueba de que, de verdad, juntos ayudamos más.
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En los proyectos de cooperación para ejecutar en 2026 recibidos destacan dos conclusiones preocupantes:
1. Aumento y Expansión de las Necesidades
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Récord de Proyectos: En más de 20 años de actividad, este año se han recibido 13 proyectos, superando el máximo anterior de 5 o 6.
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Nuevos Países: La necesidad se ha extendido a nuevos escenarios geográficos, incluyendo países como Vietnam, Filipinas, Perú, Chile y Camerún, además de Ruanda, Uganda, Benín, y Guatemala.
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Conclusión: Este aumento y expansión geográfica indica que hay más carencias y necesidades que en años anteriores.
2. El Índice de Desarrollo Humano (IDH)
Es el indicador estándar del PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo) para medir el progreso (de 0, desarrollo nulo a 1, desarrollo máximo) basándose en la esperanza de vida, la educación y el nivel de vida digno. Sin embargo, este índice es un promedio que puede ocultar la realidad de cómo se reparten esos beneficios entre la población. Por ello, es crucial incorporar al análisis el IDH-D (Índice ajustado por Desigualdad), el cual descuenta del valor original las desigualdades existentes.
Al aplicar el IDH-D a los países de los que tenemos datos para los proyectos de este año, las conclusiones son aún más alarmantes:
El espejismo del promedio: Mientras que el IDH medio nominal de estos países se sitúa en 0,640 (Desarrollo Medio), al ajustar por la desigualdad, el valor real desciende drásticamente a 0,490. Esto supone una pérdida total del 23,6% en el desarrollo humano debido a la injusta distribución de la riqueza y los servicios. En la práctica, el conjunto de estos países cae de un nivel Medio a un nivel de Desarrollo Bajo (inferior a 0,500).
Justificación en los países de "renta alta": El análisis del IDH-D explica por qué países como Chile o Perú siguen necesitando cooperación. Aunque Chile presenta un IDH alto de 0,860, pierde un 18,1% de su desarrollo por desigualdad, bajando a 0,704. Perú sufre una caída aún mayor (21,4%), descendiendo a 0,607. Esto confirma que, a pesar de sus cifras macroeconómicas, existen grandes brechas sociales que dejan a una parte significativa de su población en situación de vulnerabilidad.
La gravedad en los países más pobres: En los países con menor desarrollo, la desigualdad agrava una situación ya de por sí crítica. Destaca el caso de Benín, que pierde un 40,7% de su desarrollo, quedándose en un precario 0,309. Guatemala, pese a tener un IDH medio de 0,630, sufre una pérdida del 28,1%, cayendo a un nivel de 0,453 (desarrollo bajo).
En resumen, el factor de corrección del IDH-D nos revela que el bienestar real de las personas es muy inferior al que sugieren las cifras generales. La pérdida media de casi una cuarta parte del desarrollo (23,6%) confirma que la desigualdad es un motor de pobreza multidimensional en todos estos escenarios, validando la urgencia de los proyectos de cooperación presentados.
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Sembrando Esperanza, Cosechando Dignidad
Ya en un nuevo año, presentamos los proyectos de cooperación que desarrollaremos durante 2026 con una mirada evangélica y una profunda convicción en la dignidad de cada ser humano. El Evangelio nos impulsa a ser sembradores de esperanza en medio de las realidades más duras de nuestro mundo: el hambre, la falta de oportunidades, la exclusión y la soledad.
Jesús nos recuerda que todo lo que hacemos por “uno de estos mis hermanos más pequeños”, lo hacemos por Él. Esta verdad ilumina nuestro compromiso y orienta nuestras acciones.
Hambre de pan, hambre de dignidad
Millones de personas, especialmente en países del llamado Tercer Mundo, sufren déficit alimentario crónico. El hambre no es solo una carencia física, sino una herida a la dignidad humana. A la luz del Evangelio, recordamos que Jesús alimentó a las multitudes (Mc 6,30-44) no solo por compasión, sino para mostrar que Dios quiere vida plena para todos.
Nuestros proyectos en este ámbito se centrarán en:
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Programas de seguridad alimentaria comunitaria.
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Desarrollo sostenible con formación técnica en agricultura y profesiones que en este momento tienen demanda.
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Redes de distribución local que fortalezcan la soberanía alimentaria.
Las madres solteras, los niños abandonados y los ancianos sin apoyo son los rostros más frágiles de nuestras sociedades. El Evangelio nos invita a ver en ellos el rostro de Cristo crucificado, que se identifica con los marginados y olvidados.
El Reino de Dios como horizonte
Nuestros proyectos no son simples respuestas técnicas: son signos del Reino de Dios que ya está entre nosotros (Lc 17,21). Son semillas de esperanza que brotan cuando se escucha el clamor del pobre y se actúa desde el amor.
Invitamos a todas las personas de buena voluntad a sumarse a esta misión. No traemos soluciones desde fuera: caminamos con las comunidades, escuchamos sus voces, tejemos juntos un futuro distinto.
Como Iglesia y como humanidad, estamos llamados a construir un mundo donde nadie quede fuera, donde cada vida cuente, donde la justicia y la paz abracen a todos. Que el Evangelio siga siendo nuestra luz en este camino de cooperación fraterna.